Luis Guillermo Angel y la gente buena de Colombia

Luis Guillermo Angel Restrepo

Luis Guillermo Angel

Si nos atenemos preferentemente a los escenarios globales de la macroeconomía, de la situación política del mundo y de Colombia y del estado ecológico de la Tierra, podríamos caer en la tentación de deprimirnos y hasta de desesperarnos. No es fácil para un ciudadano común, que aún se orienta por la verdad y por la justicia, tener que tragar día tras día la cara de presidente de otros paises, presidentes mediocres, corruptos y mentirosos o ver durante un montón de años, en la television y en los periódicos, la cara de algunos políticos reconocidamente corruptos o de animadores de programas de imbecilización colectiva que pasan a los espectadores la idea de que lo que en verdad cuenta no es la vida sino el espectáculo. Hay personas capaces de vender su alma al diablo por un minuto de celebridad. Cuántos viendo eso no piensan: el mundo no tiene arreglo, es de los vivales y de los arribistas. Y viven amargados.

Sólo nos curamos de este mal volviéndonos hacia el microescenario de la vida cotidiana en la que viven los ciudadanos comunes. A éstos no les dice nada  la bolsa, ni la cotización del dólar, porque no se meten en esas cosas. Viven de salarios pagados en moneda local al precio de duro trabajo. En este universo de las grandes mayorías encontramos algo precioso, lo que en lenguaje corriente se conoce como gente buena. Esa gente buena nos devuelve la confianza de vivir.

¿Quién es la gente buena? No es fácil definirla pero la encontramos en todo momento a nuestro alrededor. Es la gente honesta, recta, trabajadora, que lleva bien su familia, que está siempre dispuesta a ayudar a los otros, honrada en su diario vivir. Se reconoce pronto: es acogedora, con una mirada risueña y parece como si tuviese la bondad escrita en su cara. Es gente en la que podemos confiar. Se encuentra no sólo entre los sencillos sino también en los estratos más sofisticados que a pesar de todo mantuvieron su humanidad esencial inmune a los simulacros de la sociedad de la representación. Por eso, la gente buena es más un estado del alma que una clase social, es una cualidad del corazón, que va más allá del plano económico, social e intelectual. Es aquel que en el trabajo cubre al que faltó, porque las cosas tienen que ser así y deben funcionar, independientemente del sacrificio que implica. O la cocinera que se queda fuera de horario, sin poner mala cara, porque la fiesta familiar se prolongó. Es el negociante, comprometido con la comunidad, que no le importa dejar de ganar algún dinero para estar presente en una actividad importante. La gente buena no necesita ser religiosa, pero cuando lo es no hace alarde y reza discretamente sus oraciones y se confía por la mañana y por la noche al buen Dios. La gente buena es la gente humilde, aquellos que van delante solos sin tener a nadie con quien contar y son honestos y trabajadores.

Yo diría que el valor de un pueblo se mide por la cantidad de gente buena que es capaz de producir. Colombia funciona gracias a esta gente buena, a pesar de los corruptos y de los políticos que, por lo general, mienten sobre la situación real del país. El valor de una sociedad no se mide por su buen ordenamiento jurídico sino por las virtudes que los ciudadanos viven. La gente buena vive de virtudes, por eso no nos deja desesperarnos y nos da buenas razones para seguir confiando. Ella es, gracias a Dios, la inmensa mayoría del país.

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